martes 27 de enero de 2009

En filosofía está prohibido prohibir, pero es obligatorio discernir"

Y pocos lo supieron hacer tan bien como Alfredo Deaño; como muestra este extracto de una charla suya titulada "Lógica formal y filosofía" (1976).

"Nadie negará que, al menos en parte, la filosofía es una actividad argumentativa. Aunque pueda ser el fruto de una inspiración, el discurso filosófico -de otro modo, no sería discurso- muestra una ilación, se expresa en una trama de enunciados algunos de los cuales presuponen otros, se siguen de otros, o son contradictorios con otros.
Los enunciados de la lógica, las "verdades lógicas" no son registros de observaciones empíricas, ni formulación de conjeturas contrastables, ni recopilación de reglas lingüísticas, ni revestimiento verbal de experiencias quasi-inefables, sino expresión de las condiciones formales de todo discurso posible.
Existe, pues, una obvia conexión entre lógica y filosofía, o mejor, una evidente posibilidad de aplicación de la primera a la segunda. Se trataría de analizar formalmente una argumentación filosófica para ver si hay efectivamente una conexión necesaria entre el o los enunciados que figuran como premisas y el enunciado propuesto como conclusión.
Un ejemplo: el análisis al que Carnap somete la inferencia "cogito, ergo sum". No es sólo que la inferencia sea incorrecta (pues de "yo pienso" sólo se sigue "existe algo que piensa"), sino que hay un error previo: la expresión sum-es decir, "yo soy o existo"- está mal construída, ya que, como señala Carnap, "la existencia sólo puede ser enunciada en conexión con un predicado, no en conexión con nombres".
La Lógica es, pues, una ciencia previa, la ciencia de los requisitos más remotos de toda actividad teórica, pero no sólo es capacidad de análisis, sino también, posibilidad de ironía. Cuando está en manos de alguien para quien hacer filosofía constituye una forma de vida, la lógica es necesidad de ironía, en el sentido en que lo que se está haciendo presupone la comprensión de que no se está haciendo todo, ni tampoco todo lo importante.
Saber lógica formal es saber que hay que pensar, a través de ella, más allá de ella.
Y es también ironía en el sentido de los románticos: ella misma escenifica en su propio seno la tensión entre lo puramente formal y lo que no lo es, entre lo que su análisis captura y aquello que por principio se le escapa. Ella misma traza sus límites nítidamente, dibuja su contorno con bisturí. Así su menesterosidad resulta más elegante.
Así su sombra queda clara"

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